Hay vidas hechas de momentos y vidas que se van por los rotos: los lugares descosidos del corazón o de la memoria. De los momentos se sabe poco y se siente harto, no se sabe con certeza cómo son, cuánto duran, cuando comienzan, cuándo terminan. Existen así, son así, y así habría que vivirlos; sin certezas, sin preguntas, sin tiempo futuro.
Sobre los rotos se sabe un poco más, porque al poco tiempo comienzan a incomodar, a veces a doler. Quitan el sueño y la risa. Para cubrirlos se hacen planes, proyectos, sumas y restas que agitan la respiración con la angustia de las horas por venir.
¿Un momento? La luz plena del cielo azul y el mar inmenso. ¿Otro? un café.
¿Un roto? Una vuelta a lo mismo. Un reproche.
Entre rotos y momentos, la vida propia se debate entre estar más feliz o irremediablemente triste. Poca cosa más.