Cartas, cuentos y crónicas de carapintada

Cada mañana

cada mañana, si hay suerte
hay un horario
un deber para cumplir
qué bueno!

tenemos un alivio
por unas horas
en las que dejamos de existirnos
nos ocupamos de cosas nimias:
enviar una carta,
hacer una llamada,
escribir un mensaje,
barrer un corredor,
lavar trastes

pero de repente suena
un timbre, y volvemos
a nosotros,
nos existimos
nos recordamos
nos vemos como somos,
tan felices o tan tristes,
oscuros, arrugados, escondidos

y esa visión que nos espanta
la guardamos un segundo
la borramos un segundo
y la lloramos en silencio

cada noche o cada tarde,
si hay suerte

amor

Si el revés del poema
sirviera para ordenar
los sentidos
senti-mientos.

Si hubiera algo
para curar las ausencias
y el miedo se espantara
con aquella cura

Si volar y amar
tuvieran igual cualidad,
qué buenas alas con sus plumas
planearían cada tanto

Sobre todos nosotros

Cicatrices

Mis rodillas están llenas de cicatrices. La primera de la que tengo memoria me la hice saltando de alegría sobre la cama de mi hermana. Estábamos mi tía, mi hermana y yo comiendo galletas, hablando y riendo. El gozo que sentí debió haber sido grande, pues saltaba como loca con las galletas en la mano sin mirar el borde afilado de la lata. La risa se convirtió en llanto y en cuatro puntos que me cosieron en la farmacia que quedaba frente a mi casa. Era de noche y lloré mucho. La sangre me espanta y me saca lágrimas.

La segunda cicatriz me la hice por torpe, y porque estaba triste. A veces uno le añade tristeza a la tristeza y el resultado puede terminar siendo un mar de lágrimas, y en mi caso, otros cinco puntos; esta vez en la frente. Me caí hacia adelante en las escaleras... De todas maneras, esa cicatriz fue una de las más interesantes y al final menos dolorosas, porque según yo, me permitía ver mi cerebro, y eso me causaba fascinación morbosa cada vez que entraba en el baño para verme en el espejo.


Volviendo a las rodillas, la segunda, también me la hice estando feliz... corría en el patio de mi casa, estaba persiguiendo a mi hermana o ella me estaba persiguiendo a mí. Mala cosa que en mi casa tenían la costumbre terrible de tener pajaritos en jaula, y a veces, cuando les poníamos agua, escapaban. Era común que en el patio se acumularan las jaulas vacías, en dónde alguna vez habitaron toches y mirlas que traían mis tías o los primos de mi mamá para que ella no sintiera tanta nostalgia de las mañanas de la provincia de García Rovira. En mi correría pasé al lado de una de las jaulas con la mala suerte de rozar mi piel con una de las esquinas de alambre oxidado. Recuerdo que salía mucha sangre, me detuve, grité, y luego no paré de llorar. Esta vez estaba más grande y me negué rotundamente a pasar por la pena de la aguja y el hilo. Tenía que haber otra solución. Que sanara fue una tarea de paciencia, no me podía mover mucho porque volvía a sangrar. Pasaron semanas y semanas... así aprendí que otras estrategias para curar toman mucho tiempo.

Ahora que recuerdo mis cicatrices, no puedo hacer otra cosa que quererlas, porque me traen recuerdos; y lo mejor de esos recuerdos, es que están, pero ya no duelen.