Cartas, cuentos y crónicas de carapintada

Solo una excepción






A Koki y a Laika les dio parvovirosis. Koki sobrevivió y Laika murió. Los dos comenzaron con la diarrea y con el desánimo propio de querer sentarse todo el día. No bebían ni comían nada. Los llevamos al veterinario al segundo día de su enfermedad. El diagnóstico del médico fue fulminante: parvovirosis. Una enfermedad común para todos los cachorros de pocas semanas de nacidos. Ocurre debido al ataque del parvovirus cuando los cachorros pierden la inmunidad maternal. Se espera que los cachorros mueran a los cinco días de haber contraído el virus, no hay nada que hacer.

Recuerdo la explicación del médico veterinario que los atendió: "si los vacuno ahora, cuando ya han adquirido el virus ocurre un encuentro entre la vacuna y el virus que puede ser aún más letal, la muerte inmediata". Así murió Laika. Koki sobrevivió a la vacuna ,tomó las medicinas y tuvo los cuidados que necesitaba. Yo iba con mi mamá a la carnicería y le comprabamos un trozo de res muy rojo, casi violeta, "pajarilla" se llamaba. Cuando Koki lo veía se le lanzaba con sus fauces adelante como una bestia peluda.

Koki y Laika eran de raza Pastor Alemán. Mi papá los compró a un amigo suyo que trabajaba en la Escuela de Carabineros. Allí entrenaban pastores alemanes para el ejército. La historia de Koki es una de las más tristes de mi infancia. La presencia de Koki me recordaba la ausencia de Laika y su cuerpo agonizando en el patio de mi casa mientras yo lloraba desde la ventana del cuarto de mi hermano mayor.

Esta historia a veces se repite en la vida. Nos ataca una enfermedad o una tristeza, sabemos que está ahí, y cuando sabemos cuál es el remedio-la medicina-la vacuna, ésta puede haber llegado demasiado tarde. Y no hay nada que hacer. Sucede algo fulminante. La vacuna y la enfermedad, el remedio o la tristeza, se anulan y queda nada.


Y Koki, sobrevivió.








Love Song (I)

Love is also

that list of people

to whom your soul

has been given

un-asked.


27.02.2001

Nowhere




S
olo adentro, siempre,
está todo,
mi única palabra.

Llegan otros,
y nos sacan,
afuera
, siempre.

Literacy




Cuando tenía quizá siete años, recuerdo que teníamos mis hermanas y yo, un tablero. Mi hermana menor no había aprendido a leer todavía y yo le enseñaba a reconocer las sílabas en el tablero. Escribía con tiza blanca "mu" y le decía:

-repite, la eme con la u "mu", la eme con la a "ma", la pe con la o "po", la ele con la a "la".

Completamos palabras fáciles como papá, mamá, palo y tetero. De todo esto recuerdo la emoción que sentía cuando mi hermana sacaba desde muy dentro y sonriendo un arrastrado m...a, ma, t...a, ta, p...e, pe, cuando yo le señalaba con una regla las sílabas en el tablero. Luego fue al cole y aprendió allí las sílabas más difíciles y todas las palabras que hoy me cuenta y que yo no le entiendo. Cosas como "...aspectos inconscientes de la vida psíquica humana... las glándulas secretoras de la adrenalina en casos de...etc." Para mí, la época como profesora de lectura y escritura para mi hermana menor ha sido la más grata profesionalmente. Tanto, que siempre le digo que yo fui quien en realidad le enseñó a leer. Ella por supuesto no me cree y se ríe o se enoja, pero yo, que si lo recuerdo, lo repito con satisfacción.

La cuestión es que ayer vi una película que me conmovió hasta el tuétano y de tanto llorar de alegría quedé cansada y casi no logro dormir (otra vez). La película se trataba precisamente de eso, del deseo y de la posibilidad real de leer y escribir. A veces se nos olvida que seguimos siendo pocos en el mundo los que tenemos la posibilidad de hacerlo, gracias a que nuestros padres o las personas que estuvieron a cargo nuestro lo procuraron así. Sin embargo, hay muchos niños, jóvenes y adultos que no la tienen. Y en esa ignorancia nacen muchos malestares del mundo moderno. Porque el valor que dábamos a la palabra hablada lo perdimos hace tiempo y yo creo que la escritura está hecha de esperanza para matarnos menos entre sí.

Un amigo me decía que veía en el mundo dos tipos de personas: las que leen y las que no lo hacen. Lo cual no es lo mismo que decir, las que leen y las que no saben leer. En la primera clasificación realmente hay una diferencia, un abismo, o quizá ni siquiera se trate de un abismo, es más bien el tamaño del mundo en que vive cada quien. Una persona que lee tiene un mundo grande, diverso, interesante. Una persona que no lee, tiene un mundo muy pequeñito, casi siempre mezquino, temeroso y lleno de prejuicios.

En el grupo de los que no saben leer hay mucho por hacer. Saber leer y escribir salva de muchas cosas. Sobre todo del engaño de otros seres humanos. Ese es uno de los grandes errores que comete Latinoamérica, y mi país, en donde todo el dinero del estado se va todos los días para el ejército mientras siguen naciendo niños que como sus padres, tampoco sabrán leer ni escribir. El analfabetismo es más peligroso que el narcotráfico, o quizá una de sus consecuencias, más peligroso que la guerrilla, mentira, es su raíz más dolorosa. Y la corrupción y la opresión, son justamente el engaño que se ha ejercido desde siempre a la población analfabeta.

Volviendo a la película, esta era una historia de amor sí, de aquellos que duran para siempre, de aquellos que aunque breves se hacen eternos, y por eso mismo verdaderos. Amores para siempre, hasta la tumba, amores como los que describe siempre Gabo. Y allí, en el transcurso de dos vidas, cruzadas por otras por cuestiones del destino, uno de los actos más bellos de amor: la lectura. Y la escritura. No digo más. Vale la pena verla, no sé si muchas veces, pero sí una, como una manera de recordar la importancia de amar, leer, escribir.

Ver:

The Reader

En youtube:

The Reader

Uno de Jorge Boccanera



Envíos


Todo lo que no se da llega a destiempo.
No existe otra manera.
Entre el ojo y la mano hay un abismo.
Entre el quiero y el puedo hay un ahogado.
Un país que asoma su cabeza deforme en una
carta,
y va a darse a destiempo, nada es lo que
esperabas.
Y lo que llega envuelto en papel de regalo se irá
sucio de odio.
Bailamos entre los escombros de una cita.
Dibujamos una taza de café en el desierto.
Vivimos de sumar y de restar:
lo que te da el amor, lo que te quita el miedo.
Al final nos entregan los huesos de un perfume.

Aun así persistimos.
En alguna montaña vive un pez resbaloso.
Entre números rotos se desliza una estrella.

En: Servicios de insomnio.
Colección Visor de Poesía. 2005




Un final hacia la lentitud




Una mañana el sol estaba radiante. Azul. Daban ganas de estar afuera, sobretodo cuando por gajes del oficio escogido, las horas transcurren frente a la pantalla del computador o las páginas de un libro, por eso los descansos para tomar un café son sagrados y los días soleados una bendición. Así fue el domingo pasado. En mi cabeza saltaban las palabras que William Ospina, en su columna del periódico El Espectador había publicado ese día. El autor hacía una bella reflexión acerca del transcurso y el final del periodo presidencial de George W. Bush.

¿Qué puede tener de bello una columna sobre Bush? Bueno, como dice Antonio Porchia "lo bello se halla removiendo escombros".

Lo que encontré de bello fue que más allá de la descripción de la terrible realidad del mundo occidental, de aquel juego abominable inventado por todas aquellas personas que seguramente son menos tontas que Bush, y que lo sostuvieron durante su mandato hasta que este se reventó, William Ospina rescata algo básico, algo que es necesario y todos olvidamos: volver a las cosas simples.

Esta prédica del crecimiento a expensas de la naturaleza, dejando de lado todos los asuntos que no se plieguen a su lógica de producción frenética, de publicidad invasora, de alarmas mediáticas y del pan cotidiano de los espectáculos, no sólo ha pretendido desterrar del mundo la lentitud, la introspección, la oscuridad, la ausencia, la soledad voluntaria, la creatividad desinteresada, la hospitalidad y el desprendimiento, sino que quiere condenar al fracaso, a la marginalidad, a la postergación y a menudo al resentimiento de todas las actitudes personales y las culturas que no se plieguen a su lógica de rentabilidad, espectáculo, eficacia y multiplicación.

Lo bello es, atreverse a decir que todavía es necesario, como siempre lo ha sido y pese a todo, volver a la lentitud, a la introspección, a la soledad. Todos estos son estados del ser humano que hoy se juzgan como negativos. Hay que ir rápido, hay que evitar estar solo, hay que evitar pensar mucho para no hacerse rollos en la cabeza. En fin, todo lo que hace bien, está mal.

Ahora que ese personaje abandona esa Casa Blanca que sale en postales y periódicos, es un buen momento para ver más allá y dejar la inmediatez del hecho que supone la posesión del nuevo presidente y hacerle un guiño a esto que propone el columnista. Hay que aprovechar los días de sol para estar solo, para pensar, para hacerse rollos, deshacerlos, para ver si en cada uno de nosotros también existe la posibilidad de comenzar de nuevo.





aQueducto

Recuerdo los arcos,
y después de los arcos,
el color de las paredes,
los techos planos y el sol.

Ardía todo.
Sigue ardiendo.
Si, como una llama por siempre,
allí, aquí, ahora,
en un recuerdo que navega,
rema, inhala un destino.

No hiere dejar de estar en sí.
Es en cambio su opuesto,
pura vida,
contada en un volar,
indiferente a horas y llamados.

Así esquivamos las urgencias,
viajando,
para dibujar los nuevos arcos
de antiguos acueductos
de una tierra que palpita,
y siempre huele a tí.

viajero



Mirando el mar para hacerle un quite al encierro de los días y las tareas, apareció Leie. Ese era el sonido de su nombre. Llevaba una mochila en la espalda y una bolsa. También una hoja de papel en la que tenía anotados los nombres de los grupos y los géneros de música africana que vendía. Ofrecía además, que antes de comprar escucháramos la música en su mp3. Después de un rato, le pregunté si él no hacía música. Me dijo que no, pero que sí bailaba. Le gustaba mucho bailar. Luego nos preguntó si éramos españoles. Le dijimos que no, que éramos colombianos. Su cara de sorpresa duró unos segundos y luego dijo:

-No puede ser, viví un año en Colombia, si, Colombia conozco. He estado en Taganga, en Bogotá solo un mes, pero en Putumayo, en Chocó. ¡Sí, es muy bonito Colombia! Tiene muchas frutas, todos los días se puede comer una fruta. Tengo un sentimiento muy grande con Colombia-.

La sorpresa fue nuestra.

Entonces le pregunté porqué había viajado hasta allí. Leie era nigeriano, había estado trabajando en Andalucía y estaba de paso por Barcelona. Sonrió y miró hacia el suelo. Entonces en medio de un suspiro me dijo que tenía algo dentro de sí que lo había llamado para viajar hasta allí. Esto le había sucedido mientras vivía en Inglaterra años atrás, cuando de algún modo que no nos explicó, había conocido el yagé y por esto había cruzado el océano para llegar hasta el putumayo y visitar la etnia Cofán.

Leie sonreía mientras nos contaba un poco de su vida. Sonreía y nos daba los nombres de aquello que más le había gustado comer, los paisajes de frutas que no olvidaba y que le hacían sonreír más. Su sueño era volver a Colombia, ahorrar dinero, comprar un terreno, conocer una mujer y tener sus hijos allí. Para eso llegaría hasta Canarias con el dinero de la música africana que vendía, su mochila y ese llamado interior que le hacía mantener la alegría en su rostro. Trabajaría en los barcos de carga que salían desde Canarias. Cualquier oficio estaría bien para cumplir su sueño.

Leie era un viajero. De esos que casi no existen, de esos que se escuchan y atienden lo que sienten. Libre, con sueños y sin el peso de arrastrar equipaje innecesario.

Nos decía que en Colombia había algo. Creo que en todos lugares del planeta hay un "algo" para cada quien. Todos perseguimos aquello que intuímos, nos movemos. Algunos con menos peso que otros. Anhelamos y volamos hasta allí. Hacia el lugar que por algo nos tira el alma.

Leie brillaba. Y claro, tenemos un CD de música africana. Quizá un día nos lo encontremos en casa.

de la mano




Creo que hace tiempo no experimento una emoción igual a la de levantarme y esperar el paso del cartero, el sonido de las bisagras del buzón y el golpe seco o en cascada de los sobres y paquetes que este personaje uniformado deja a su paso. El otro día hablaba con un amigo con quien hace ya muchos años intercambiamos muchas cartas y tardes enteras de palabras sobre la vida. Yo siempre menor, el siempre mayor si se mide en días de calendario, pero de la misma edad en el gusto por compartir el tiempo y hacer que las horas transcurran sin límite como cuando se juega en la infancia. Recordábamos las historias que yo le escribía, y yo recordaba las tardes solitarias de domingo en las que me sentaba al lado de la chimenea de la casa en que vivía para narrarle los aconteceres de los días, aquello que nunca es absolutamente extraordinario pero sí nuevo cada vez. No sé porqué pero siempre quería que él riera con lo que le escribía. O quizá yo creía que él quería que yo fuera feliz y para eso era menester hacerlo reír. Entonces él me puso la tarea de escribirle crónicas, y no solo eso, también le puso nombre al personaje que debía cumplir con la misión: Carapintada. Tardé un rato en ponerme el seudónimo y en darme cuenta que nunca nadie lo había descrito mejor. Mi cara pintada, mi tez morena, cafetosa, mestiza remestiza mi afán por saber, viajar, conocer, salirme cada vez y contar cosas, William había dado en el clavo.

Entonces le decía que este espacio había sido inspirado por él, tanto como las cartas y las crónicas que le escribí, que le escribo. Espero llenarlas de risa cuando pueda, pero a veces no se puede porque el palo no está para cucharas. Y en cambio de los dibujos de las cartas le pondré fotos, como la que aparece arriba, que miro y miro y me parece increíble, que haya maneras de romper círculos tan cerrados como el de las personas que bailan la sardana frente a la catedral de Barcelona, haciendo coincidir una mano que toma otra mano desde fuera. En la foto, hasta el perro que no sale y que sujeta su ama bailaría un poco.

vino


Callar

Una ola de amor que

va de mi cuerpo al tuyo es

una humana canción.

No canta, vuela entre

tu boca y mi verano

bajo tu sol. El calendario no

tiene esta noche o fecha en su papel.

El manantial de vos

cae como vino en la copa

y el mundo calla sus desastres.

Gracias, mundo, por no ser más que mundo

y ninguna otra cosa.


Juan Gelman, Mundar, Editorial Visor, 2008.

Infierno

Fueron muchas tardes y noches de ruido y preguntas. Crecimos, y el ruido siempre estuvo ahí. Hemos cantado y comido pastel cada vez que para alguno pasa un año más. Tanto tiempo escuchando un ruido que no cesa. Ahora el frío y el calor nos albergan lejos muy lejos de la cercanía que alguna vez compartimos.

Estamos allí, en el infierno.

No siempre son las llamas las que llenan lo hondo de ese lugar. En cambio son historias. Aquellas que nunca rompimos, las que parece que jamás romperemos. Es un espacio lleno de aire que quema, aplaca, achica, rompe.

Quebrados, asomamos la cabeza a la vida y con cuidado encontramos nuestros trozos para pegarlos con los sueños. Así vamos respirando si podemos o reímos si olvidamos.

Lejos de tantas cosas que adoramos y guardamos para cuando la vida agonizara, hablamos entre silencios infinitos y compartimos claves para continuar confiando en un remedio, no importa si fugaz.

Así, enfermos sin estarlo construímos constelaciones con las estrellas que bordamos cada día. Las tuyas, las tuyas, las tuyas y las mías.



En cero sin sol

A veces el sol me saca de donde estoy. Tira de mi alma para que salga de mí. No tengo más remedio que seguir su luz, contemplar sus colores, ver en la gente las sombras que dibuja. Me deja ver el horizonte infinito, me presenta nuevos árboles y flores, deja correr el viento y suenan las olas, la arena y la tierra.

Y a veces el sol me hace falta. En cambio llega la lluvia y el frío. El sol se esconde y me deja el gris. Le hago un guiño con una vela naranja y continúo caminando, viviendo.

Ocurre también que a veces el sol y la lluvia me hacen una cosquilla adentro. Cierro los ojos y hago una sonrisa.

Nadie me la quita, es mía, mi sonrisa de cosquilla.





33


Una raya más pa'l tigre!

de vuelta





Siempre toma tiempo llegar. Irse parece más fácil, pero llegar... toma tiempo.

Cuando ocurre un periodo de ires y venires en la vida, este ejercicio se convierte en un entrenamiento para comenzar, no desde cero, pero si una nueva etapa. Como ahora, que además se acabó el año 2008 y llegó el 2009.

Depende de cada persona cumplir todas esas listas de propósitos que acompañan las doce uvas que nos atragantamos la noche del 31 de diciembre. Yo en realidad hubiera hecho un jugo con 365 uvas para que esa promesa de renovación y buenos propósitos me levantara cada mañana de este año. Pero las buenas ideas a veces llegan tarde, así que espero que el agüero personalizado tenga el mismo efecto un día después, con menos agite y más concentración, en la tranquilidad de la cocina una mañana de este enero.

Dosmilocho-dosmilnueve, este termine y empiece... este ir y volver, son una urgencia de renovación para ver siempre con nuevos ojos las promesas y los sueños. Así comenzó este día... con cielo azul en Barcelona y ya no en Bogotá, con café y pan, y ya no café y envuelto de maíz, con los amigos y la familia en el corazón y ya no a la vuelta de la esquina.

A veces la vida que queremos viene con esos intríngulis y hay que saberlos pilotear para continuar volando.
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