Cartas, cuentos y crónicas de carapintada

Reinventarse


Lo lindo de estas fechas... es que la gente se recuerda... a veces es un ejercicio doloroso, pero también es a veces bello, muy bello. Se trata de todas las personas que hemos amado. Papá, mamá, hermanos, amigos, todos los amigos.

Más allá de los credos, como quiera que sea, la humanidad se ha dado mañas para romper el tiempo y reinventarse. Estas épocas son para eso, reunirse, recordarse y reinventarse.

RARO


Todo está lleno de luces,
los árboles, los techos
de las casas.
Balcones, entradas,
luz blanca, roja, verde
verde, blanca, roja.

Todo está lleno de todo,
la gente, las calles, las tiendas
las ganas, el hambre y la sed.

La ciudad cubierta de gris
sigue cayendo en lluvia.
La esperanza en las cosas
sigue siendo y estando,
se desvanece, aparece
se desvanece, aparece
con la luz
blanca, roja, verde.

El barrio





Hay muchas maneras de ser violentos y otras tantas de actuar contra los violentos. En este país en donde todos los días se aplica el "ojo por ojo", a veces suceden episodios que se salen de esa regla fatal. Viví cuatro años muy felices en el Bosque Izquierdo, fui vecina de la Macarena y la Perseverancia; ubicados cerca a los cerros orientales de Bogotá a la altura de las calles 39 y 26. Ayer 16 de diciembre los vecinos se reunieron para protestar contra una ola de violaciones que han sucedido a mujeres en los últimos meses. Seis en total. Las que se denuncian, de las que se tiene noticia. La idea era denunciar estos hechos a viva voz, gritar.

Mientras escribo esto pienso en las personas que asistimos a la protesta, reconocí a mis vecinos, a muchos amigos, pero me hicieron falta los estudiantes de la Universidad Distrital, quienes recorren desde la madrugada hasta el anochecer estas calles; también me hicieron falta los vecinos de la Perseverancia, que seguro tienen problemas de seguridad tan graves como las violaciones, los robos, la violencia intrafamiliar, el hacinamiento y la pobreza.

Estos tres barrios, tan cercanos, tan diferentes, han convivido por años con una tranquilidad relativa. Sería mentira decir que no hay atracos, robos, etc. No excuso en ninguna medida ataques de este tipo, pero al final los robos son consecuencia de la brecha entre pobreza extrema y riqueza extrema que sucede en América Latina. Pero una violación, a un hombre o a una mujer, es un hecho que atenta contra la vida misma, es una huella, una herida difícil de borrar. Es un hecho que no tiene excusa ni perdón. Siempre hay un momento en el que es necesario decir ¡Basta! Salir a la calle y gritar.





Héctor Abad

Siempre me ha sido difícil leer novelistas colombianos, ver cine colombiano y leer poesía colombiana. A veces hasta leer lo que escribo me es difícil porque está poblado de ese lugar triste que es a veces la vida cotidiana en Colombia. Entre los recuerdos de asesinatos y trancones, inundaciones y editoriales que denuncian la verdad que todos sabemos y a la que para sobrevivir hay que hacerse el sordo, comencé a encontrarme mientras estaba en Barcelona la reseña sobre la novela El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince. Ahora que estoy en Bogotá encontré el libro en la biblioteca de mi casa y entre deberes logré comenzarlo y terminarlo, también llorarlo. Es el relato de un grito doloroso y sincero. Es una historia valiente y necesaria. Es sentarse a escuchar a un amigo íntimo que no conocemos pero con el que hemos crecido. Son las palabras de un hermano mayor que nos señala ese lugar de la Historia que compartimos y frente a la cual no podemos silenciarnos.

Todos tenemos en nuestras familias episodios dolorosos de violencia, los de nuestros abuelos, nuestros padres, y lo que vemos desde las ventanas de un bus o un carro particular. La violencia está siempre allí, con familias desplazadas y niños vagando solos por las calles oliendo pegante para espantar su vida.

El de Hector Abad es el episodio que acabó con la vida de su padre y la de muchos amigos de su familia y personas que pudieron haber sido importantes para el país y simplemente no lo fueron porque a otros no se les dio la gana. Hay personas que siempre se prefieren a ellas mismas y en ese amor maldito lo único que generan es desgracia y atraso.

Cita Hector Abad la última columna de su padre: "¿De dónde proviene la violencia?", y que ahora cito aquí, en esta esquina que el mundo nuevo con su tecnología sacó de las cajas y los diarios para nadie más que uno:

"En Medellín hay tanta pobreza que se puede contratar por dos mil pesos a un sicario para matar a cualquiera. Vivimos una época violenta, y esta violencia sale del sentimiento de desigualdad. Podríamos tener mucha menos violencia si todas las riquezas, incluyendo la ciencia, la tecnología y la moral -esas grandes creaciones humanas- estuvieran mejor repartidas sobre la tierra. Ese es el gran reto que se nos presenta hoy, no sólo a nosotros sino a la humanidad. Si, por ejemplo, las grandes potencias dejaran que Latinoamérica unida buscara sus propias salidas nos iría muchísimo mejor. Pero esto ya es soñar, un ejercicio no violento, previo a cualquier gran realización. La realización que podrá efectuar la humanidad sana mentalmente, que algún día, de los próximos diez mil años verán nuestros descendientes, si ahora o más tarde no nos autodestruimos."

Siempre nos queda soñar, que como dice Héctor Abad padre, es un ejercicio no violento. Nos corresponde soñar y amar, y en el amor la responsabilidad de no dañar al otro, y en el soñar, también la responsabilidad de no dañar al otro construyendo nuestra vida por encima de la de los demás.

Ahora sale el sol, una tregua de la lluvia, tan necesaria para mantener la vida y celebrarla. Y sobre ese tema, el mismo autor escribió una bella y terrible columna en el periódico de hoy que vale la pena leer.





II

Hay historias que nunca fueron,
así hayan sido,
así hayan dolido,
y así el tiempo las traiga de vuelta.

Se inventan excusas,
se desdibujan lugares,
se olvidan las ganas
y la lluvia y su niebla
borran todo lo que no fue.

El humo se deshace
y no dice,
el grito es silencio
y no rompe.

La vida vuelve a ese lugar absoluto
sin tiempo.





.

Bogotá















Parece que estos días el verano decembrino que llega a Sur América apenas toca a Colombia después de un tiempo largo de ausencia. La lluvia ha caído todo el año y los estragos en todo el país han sumado tragedias y víctimas. Ahora llega diciembre con algo de sol y menos noticias de deslizamientos y casas sepultadas bajo el lodo. Bogotá luce así casi todas las tardes, pues después de mañanas soleadas llega el chaparrón. El caos en el tráfico ocurre con o sin lluvia. Automóviles, buses, busetas, personas, madres con niños, jóvenes y ancianos intentan cruzar las calles al mismo tiempo. Los semáforos están funcionando a media marcha. Los cruces de cebra son un peligro, pues no son garantía de nada. Aquí nunca lo han sido. Los paraderos de buses no existen. Cada quien se avienta a la calle a tratar de ver el letrero de un bus y una buseta para saber si es aquel que lo llevará a su destino. Las luces direccionales son un adorno más, una luz que ahora compite con el alumbrado navideño. Qué triste. Hace dos periodos de gobierno, se había ganado mucho en esta lista de absurdos. Se había logrado que se respetaran los peatones y que los peatones no se le lanzaran a los buses ni a los automóviles. Los cruces de cebra habían tenido su cuarto de hora, algunos los llegaron a conocer y a actuar en consecuencia.

Bogotá está gris, embotellada, llena de luces, lenta. Está descuidada y todos lo saben, lo comentan. Ha sucedido algo otra vez. Bogotá está enferma de nuevo. La corrupción no la deja respirar. Y lo peor es que el resto del país está igual. Ya comienza a notarse el atraso de dos generaciones que se proyectaba cuando se supo la triste noticia de que la prioridad del país era volverlo seguro. ¿Seguro para quién?

Solo existe el consuelo del cielo que aparece después de la lluvia, lleno de colores, de arreboles rojos y dorados, de los amigos que continúan moviéndose de aquí para allá con otra dimensión de tiempo, con los ojos de la vida cotidiana que obliga a seguir sin parar.

Hoy me dijo mi papá "si yo viviera cien años más, todo seguiría igual"... y conocimiento de causa tiene bastante.




.

I

Cómo llueve,
como si no hubiera nada más
por hacer afuera,
hay que recogerse e ir adentro
llegar al miedo, verlo.

Caminamos con aquello
que queremos decir, sentir, hacer,
y todo se vuelve solo un sueño,
la vida que caminamos es otra,
llena de afueras,
llena de otros
que ya no soñamos.

Llueve y no para,
llueve y hay que recogerse,
detenerse,
ver lo que no queremos ver,
la imagen detrás de los ojos
calla,
el grito.




.

Las flores existen


Otro de los encuentros más gratos con la poesía ocurrió como todo, donde uno menos piensa y con coincidencias únicas. A Francia y a mí nos daba hambre a la misma hora: las doce del día en punto, un minuto más y estábamos al borde de la histeria o del desmayo. Nos llamábamos de oficina a oficina para citarnos prontísimo en la puerta de la honorable institución en la que tuvimos la gracia cósmica de coincidir y comenzar una vida de sueños juntas. A veces yo subía hasta su oficina y la encontraba leyendo un grueso libro, cuando entraba yo me recitaba un verso que a pesar del hambre de tigre solitario que me poseía lograba retardar la salida a almorzar por un rato. Así conocí a Roberto Juarroz y a Rafael Cadenas, a Francia y a su hijo León Gabriel.

León tenía tres años e iba al jardín infantil Mafalda. Acompañamos varios almuerzos con sus historias de amor, bellas y fatales, absolutamente profundas y reales. Tanto como su amor por Gabrielita Pardo, de quien lo que más me gustaba a mi en sus relatos era el nombre; León sufría de amor por Gabrielita y sufría con unas oraciones tan bonitas que desde entonces ya temía yo todo lo que sentiría León más adelante.

Hoy León tiene 11 años, acaba de publicar su primer libro de poemas, y ayer antes de darme una clase de Tai Chi que me removió todas las energías vitales me regaló su libro, con una dedicatoria y su nueva firma.

Esta corta historia entre la niñez y la poesía que me regala León y Francia Elena es un pequeño homenaje y un agradecimiento inmenso a los dos, por estar ahí siempre y por fijarse en todo aquello que nos devuelve siempre al centro de nosotros mismos.


Las Flores Existen


La noche

La noche se expande
Como una flor
Y su polen suelta
Unas estrellas blancas
Y luminosas
Mientras dormimos


El tulipán

El tulipán se expande como
El cohete de la vida
Puede llegar a marchitarse
Si no hay consuelo
Es el tulipán
El tulipán de la vida.

El girasol

Mientras el día se ilumina
Con el sol
El girasol mira para todas
Las ventanas de la vida
Pero cuando caen rayos
El gira para ser,
Un girasol.

León Gabriel Correa Goenaga.
Ediciones San Librario, 2008




.

aquí y allá



No hay que ser genio, ni héroe, ni poeta para ser personaje. Hay que grabarse en el corazón y las ausencias de otros, hay que hacer falta, para lo cual hay quienes han sabido tener genio, poesía y heroísmo. Por eso no importa qué tan conocidos sean nuestros personajes, sino qué tanto influyen en nuestras decisiones, cobijan nuestros secretos, conmueven y fecundan nuestra memoria.
Ángeles Mastretta.

Hace tiempo ya que leí esto. Ahora que he vuelto a casa, al reencuentro con algunos de mis personajes, entiendo que a medida que pasa el tiempo voy caminando y es inevitable pensar en todos: los que me hacen falta estando allá y los que me hacen falta estando acá. Esa constante ausencia no es triste, es muy feliz; me hace ver un café en el que nunca me he sentado con Claudia, un parque a donde nunca vine con Lulo, un bar al que creí haber entrado con Albert y un atardecer que describiré en una carta para mi hermana. Los edificios, las esquinas y las sorpresas de una y mil rutas en donde caminan mis personajes parecen felices fantasmas de las vidas que aún no tengo. Por eso cada viaje es una promesa para llevarlos o traerlos aquí y allá.


el cinco





Para Morras



Una foto de una foto. Cinco horas o más. Nos reuníamos en secreto después de salir de clase. No queríamos más opiniones ni más anécdotas que no fueran las tuyas o las mías. Ya no recuerdo de qué tanto hablábamos, recuerdo sí lo que tomábamos: agua y un sánduche de pollo con pan de nuez, yo, una coca de dieta con una barra de chocolate, tú.

Compartíamos el gusto por el café. Tú fumabas un cigarro o dos o tres. Si acaso cinco, uno cada hora, uno cada historia. Afuera hacía frío y adentro no lo sufríamos. Podíamos sentarnos largamente y nadie nos decía nada. Eso era lo que buscábamos, que nadie nos dijera nada. Te prometí varias veces que escribiría sobre los personajes que encontramos allí, no lo hice y ahora la memoria solo podría darle paso a la invención. Quizá podría recordar los rostros de quienes se sentaron en nuestra mesa sin decir más y sin decir menos.

Entonces no sabía yo y no sabías tú que esos segundos de Afuera nos llevarían tan adentro por un camino que todavía se construye para felicidad nuestra.






.

un corto

Cuántos cuadernos, cuántas fotos en las cajas de zapatos. Año tras año se guarda la vida en apuntes tan y no útiles. Los ojos vuelven atrás y con una canción basta para traer el recuerdo de un pálpito.

Avanzan los días. La lluvia se entiende de otra manera y de otra manera tomamos el sol. Llueve mucho; por todas partes; las montañas se deslizan, las carreteras se deshacen, el hambre y la enfermedad crecen y todo lo que alcanzan a ver los ojos se convierte en un lugar de alto riesgo.

Los amigos están, acompañan, aman, escuchan. Hay una sorda verdad que se agazapa. Está allí, en cada cuaderno, escondida en cada página después de todos estos años, y amenaza con la misma constancia de esta lluvia en no parar, inundar, derrumbar, invadir.

¿Después de esta tormenta vendrá la calma?

Encuentro


Es preciso quedar detenidos en medio del silencio
para escuchar las miradas y los gestos.

A partir de hoy, y como siempre
se escribe la historia que en los sueños
será recuerdo del porvenir.

Y para el viento, serán las hojas
quienes atiendan su llamado,
con el único mandato
de llevar a cada esquina,
a cada beso
la noticia absoluta de este encuentro.


2002