Cartas, cuentos y crónicas de carapintada

Héctor Abad

Siempre me ha sido difícil leer novelistas colombianos, ver cine colombiano y leer poesía colombiana. A veces hasta leer lo que escribo me es difícil porque está poblado de ese lugar triste que es a veces la vida cotidiana en Colombia. Entre los recuerdos de asesinatos y trancones, inundaciones y editoriales que denuncian la verdad que todos sabemos y a la que para sobrevivir hay que hacerse el sordo, comencé a encontrarme mientras estaba en Barcelona la reseña sobre la novela El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince. Ahora que estoy en Bogotá encontré el libro en la biblioteca de mi casa y entre deberes logré comenzarlo y terminarlo, también llorarlo. Es el relato de un grito doloroso y sincero. Es una historia valiente y necesaria. Es sentarse a escuchar a un amigo íntimo que no conocemos pero con el que hemos crecido. Son las palabras de un hermano mayor que nos señala ese lugar de la Historia que compartimos y frente a la cual no podemos silenciarnos.

Todos tenemos en nuestras familias episodios dolorosos de violencia, los de nuestros abuelos, nuestros padres, y lo que vemos desde las ventanas de un bus o un carro particular. La violencia está siempre allí, con familias desplazadas y niños vagando solos por las calles oliendo pegante para espantar su vida.

El de Hector Abad es el episodio que acabó con la vida de su padre y la de muchos amigos de su familia y personas que pudieron haber sido importantes para el país y simplemente no lo fueron porque a otros no se les dio la gana. Hay personas que siempre se prefieren a ellas mismas y en ese amor maldito lo único que generan es desgracia y atraso.

Cita Hector Abad la última columna de su padre: "¿De dónde proviene la violencia?", y que ahora cito aquí, en esta esquina que el mundo nuevo con su tecnología sacó de las cajas y los diarios para nadie más que uno:

"En Medellín hay tanta pobreza que se puede contratar por dos mil pesos a un sicario para matar a cualquiera. Vivimos una época violenta, y esta violencia sale del sentimiento de desigualdad. Podríamos tener mucha menos violencia si todas las riquezas, incluyendo la ciencia, la tecnología y la moral -esas grandes creaciones humanas- estuvieran mejor repartidas sobre la tierra. Ese es el gran reto que se nos presenta hoy, no sólo a nosotros sino a la humanidad. Si, por ejemplo, las grandes potencias dejaran que Latinoamérica unida buscara sus propias salidas nos iría muchísimo mejor. Pero esto ya es soñar, un ejercicio no violento, previo a cualquier gran realización. La realización que podrá efectuar la humanidad sana mentalmente, que algún día, de los próximos diez mil años verán nuestros descendientes, si ahora o más tarde no nos autodestruimos."

Siempre nos queda soñar, que como dice Héctor Abad padre, es un ejercicio no violento. Nos corresponde soñar y amar, y en el amor la responsabilidad de no dañar al otro, y en el soñar, también la responsabilidad de no dañar al otro construyendo nuestra vida por encima de la de los demás.

Ahora sale el sol, una tregua de la lluvia, tan necesaria para mantener la vida y celebrarla. Y sobre ese tema, el mismo autor escribió una bella y terrible columna en el periódico de hoy que vale la pena leer.





4 comentarios:

Antropóloga dijo...

Me gusta, me gusta. Comparto y conozco la sensación de haber vivido fuera de Colombia, volver (así sea por unos días) y remover las sensaciones que produce la realidad de nuestra tierra. Es inevitable ser sensible a este dolor que produce Colombia y no percatarse de esa violencia que es parte de nuestra forma de ser colombianos. Que vaina carajo !!!!!!

Estar en Colombia causa tanto bienestar pero duele mucho. Y es cierto, tu padre tiene razón, si nos despertaramos dentro de cien años desafortunadamente, todo seguiría igual. Gracias por compartir los pensamientos de tu blog conmigo. Me gusta, me gusta. Una abracito Dorita bonita.

Tu amiga

Heidita

Do dijo...

Gracias mi bella Heidi. Espero de todas maneras, que existan luces y lucidez. Hay mil maneras de hacer cosas para estar bien y dar algo bueno.

abrazo, Do.

Unknown dijo...

Ser sensible es quizas el primer paso, por agobiante que resulte tal ventana de lucidez exige tomar posturas y hacer algo, quizas con uno mismo, con su cotidianidad, con el desgastado discurso en el que refugiamos nuestra beligerancia, o quizas con la coherencia que llama a gritos compromiso social... ¿cual puede ser entonces ese segundo paso?

Fede

Do dijo...

Fede, tu sabes de ese segundo paso, lo has hecho y lo haces. Hay que tener cuidado con el tercero... El compromiso comienza en casa como tu dices, estando allí dando todo de sí. Creo que así hacemos mucho. Y luego, al salir a a calle, caminar, ver, sentir... el segundo paso tiene mucho de convivir con la gente alrededor del mejor modo posible, pero es verdad... que no sé, hay más pero me quedo pensando.

Do.