
Siempre toma tiempo llegar. Irse parece más fácil, pero llegar... toma tiempo.
Cuando ocurre un periodo de ires y venires en la vida, este ejercicio se convierte en un entrenamiento para comenzar, no desde cero, pero si una nueva etapa. Como ahora, que además se acabó el año 2008 y llegó el 2009.
Depende de cada persona cumplir todas esas listas de propósitos que acompañan las doce uvas que nos atragantamos la noche del 31 de diciembre. Yo en realidad hubiera hecho un jugo con 365 uvas para que esa promesa de renovación y buenos propósitos me levantara cada mañana de este año. Pero las buenas ideas a veces llegan tarde, así que espero que el agüero personalizado tenga el mismo efecto un día después, con menos agite y más concentración, en la tranquilidad de la cocina una mañana de este enero.
Dosmilocho-dosmilnueve, este termine y empiece... este ir y volver, son una urgencia de renovación para ver siempre con nuevos ojos las promesas y los sueños. Así comenzó este día... con cielo azul en Barcelona y ya no en Bogotá, con café y pan, y ya no café y envuelto de maíz, con los amigos y la familia en el corazón y ya no a la vuelta de la esquina.
A veces la vida que queremos viene con esos intríngulis y hay que saberlos pilotear para continuar volando.

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